2 jun. 2012

Juana y el



Tenía los ojos abiertos, muy abiertos, exageradamente abiertos. El lo sabía al mismo tiempo que sabía, sin poder verlos, que los movía de un lado a otro de forma desesperada buscando una salida, una huída. Pero ambos tenían la certeza que no era posible. Se lo confirmaron las lágrimas y el moquear que se posaron sobre los dedos de aquella mano. Esa mano que presionaba su boca silenciando cualquier grito, cualquier súplica, cualquier incredulidad de lo que le estaba pasando. El sintió los dientes tras sus labios y los presionó hasta notar su desgarro. La sangre empezaba a fluir.



Juana:
Ella es una mujer como cualquier otra, con una infancia y una adolescencia parecida a los demás. Cuando tenía 20 años perdió a su familia en un seísmo que se llevó casas, recuerdos y personas. Fue de las pocas supervivientes de una población escasa en un pueblo olvidado. Sin más equipaje que lo puesto buscó su futuro en la gran ciudad, sirviendo en casas acomodadas donde no hay tiempo para limpiar. Allí, en la gran ciudad, encontró una pareja con la que formó un hogar repleto de vida e ilusión, y del que a los 5 años de relación nació Lucas, un precioso niño de ojos claros como su padre y expresión alegre como su madre. Regresaban de su tercer cumpleaños cuando un coche les alcanzó y sesgó la vida de Lucas y su padre. Ella permaneció en coma tres meses, luego despertó. Tenía 32 años.



Con su otra mano el le retorcía la muñeca izquierda que tenía pegada a la espalda y que cada vez elevaba más infringiéndole un agudo dolor que ahora empezaba a diluirse por causa del adormecimiento del brazo. Solo el quebrar de la muñeca le recordó que aun existía. Su otra mano, la derecha, la tenía alzada contra la pared, muy abierta como quien sujetase esta para que no cediese. Apoyó su mejilla en su sien, su boca en su oído y le dijo susurrando, “estate quietecita, es lo mejor que puedes hacer. Créeme”



El:
El es un hombre como cualquier otro, con una infancia y una adolescencia parecida a los de su entorno social. Cuando tenía 20 años fue a la universidad donde a duras penas sacó una carrera entre partida y partida de Mus. Triunfaba entre las mujeres y sabía como hacerlo. Su poder adquisitivo, su buena planta y educación, no dejaban de ser un buen señuelo entre las chicas de su edad. A pesar de ello, sus relaciones no duraban más allá de unos meses. Siempre insatisfecho con el mismo, buscaba el sexo bajo pago. A ellas, a las putas, además, las maltrataba. Una vez saciada su ira, les dejaba generosas propinas con las que podrían limpiarse sus heridas, tapar habladurías y posibles problemas con sus chulos.
En casa era un chico modelo y verdadero estandarte de sus padres, a pesar del poco trato que tenían. Los negocios y actos sociales siempre primaron sobre la crianza y educación de un hijo, que quedaba en manos de un servicio eficiente y con referencias. Ya, a estas alturas, más de una criada desapareció de un día para otro sin explicación alguna.



Juana trató de tranquilizarse, sosegar su respiración. Tragó saliva y cerró los ojos.
“Ahora te voy a quitar la mano de la boca. Si hablas o gritas, te mato. Pero no creas que rápidamente no. Te reviento a golpes. Y son más de los que te puedas imaginar, tu resistencia te sorprendería, no serías la primera”
Con la mano que le quedó libre buscó sus pechos bajo la blusa, de forma firme pero sin ansiedad. Sabía que disponía de tiempo para ello, no tenía prisa.



Tres semanas después de su despertar, los médicos consideraron que era el momento de contarle cual era su realidad y lo que le había ocurrido. Tras casi un año de rehabilitación física y psíquica, dejó el hospital para regresar a lo que había sido su hogar. Atrás dejaba un grupo de médicos, enfermeras, psicólogos y personal hospitalario que la habían tratado como a una más de aquella extraña familia. Juana no tenía a nadie más.
Llegó frente a la puerta de su casa y sacó del pequeño bolso las llaves, la metió en la cerradura y dio un paso atrás. La llave colgaba de un llavero con una mini vaca de trapo que se balanceaba pausadamente. Se la habían comprado Lucas y su padre por el último día de la madre que celebraron. Sabía que no habría otro. Invadida de recuerdos alargó el brazo, giró la llave con algo de dificultad y suavemente deslizó la puerta hacia su apertura.   



Empezó a acariciar sus pechos con suavidad, podría decirse que con cariño. Bordeó sus pezones y les infringió pequeños pellizcos tratando de erizarlos. Juana, paralizada trataba de no pensar, y mucho menos moverse, intuía que cualquier cambio podía ser fatal.
El se fue creciendo, en lo físico y en lo mental, y con el, su intensidad. Y lo que antes eran caricias empezó a ser agresividad. Aplastaba sus pechos hundiéndolos hasta notar las costillas, y retorció sus pezones hasta parecerlos arrancar. Juana no pudo más y empezó a gritar, a rogar y suplicar. El le elevó el brazo hasta dislocárselo. Ella gritó y pareció desvanecerse. Cayó al suelo sin fuerzas resbalando lentamente por la pared, donde un dibujo de sangre pintaba su camino decadente.




Nunca le faltó de nada, incluso los puntos que le faltaban para aprobar eran comprados por sus padres. Un deportivo, vacaciones, clubes exclusivos… Cualquier cosa que desease la podía obtener, por el medio que fuese necesario. El dinero todo lo podía, bien directa o indirectamente. Nada, absolutamente nada se le negaba. Pero el seguía sintiéndose insatisfecho, y no sabía porque. Algo fallaba en su interior, sentía un gran vacío que no sabía como tapar. Sentía una gran amenaza para el mismo que no sabía como frenar. Y el dinero no era capaz de solucionarlo. Solo la violencia le consolaba en esos momentos, cada vez más frecuentes, de desazón, de vacío, de podredumbre. Y esa misma violencia que le consolaba, le asustaba de igual manera. Era consciente que con el paso del tiempo perdía su control, su intensidad disparada, su razón. Como una adicción, necesitaba incrementar la dosis para satisfacer ese vacío cada vez más grande.



Tendida en el suelo trató de arrastrarse en busca de algo, aun no sabía que. Algo que le ayudase a salir de allí, algo que le ayudase a escapar, a sobrevivir.
“Arrástrate, víbora, que es lo único que sabéis hacer. Sois todas iguales, solo servís para follar. Putas de mierda…”
El se sentó sobre su espalda, le agarró del pelo y le golpeó repetidamente la cara contra el suelo partiéndole la nariz y la boca. La sangre manaba. Estaba inconsciente.



La leve luz del atardecer entraba por la ventana del salón iluminando de dorados la estancia. Todo seguía igual, como si nada hubiese pasado. En las estanterías estaban las fotos, por el suelo algún juguete que faltaba por recoger. El tiempo se había detenido.
Por un momento quiso llamar a Lucas y a su padre, pero sabía de lo imposible, de su realidad, de su pérdida. Arrodillada en medio del salón empezó a llorar como nunca antes había llorado. Sin consuelo, sin final. Apretaba sus sienes con sus manos queriendo reventar esa cabeza en donde tanto dolor se guardaba, donde tanto sufrir anidaba. Quería hacerla estallar para que todo aquello que por allí pasaba, se expandiese y difuminase dejándola en paz, dejándola vacía. Rendida por el llanto quedó tumbada en posición fetal, como un último viaje al vientre de su madre antes de que su vida diera comienzo.  Su gesto, ahora relajado, invitaba a la recuperación.
Cuando volvió a abrir los ojos, los dorados habían desaparecido dando paso a una pálida luz lunar. Ahora su entorno, su hogar, estaba lleno de sombras azuladas y frías, lleno de un gran vacío de objetos que antes vivos ahora le recuerdan su soledad. Se incorporó y recorrió su minúsculo piso. Su cuarto, el baño, la pequeña cocina, y por último el cuarto de Lucas. Allí y sin más lágrimas que derramar, se sentó por un momento en su cama y recorrió con su mirada cada rincón, cada objeto que albergaba. Aspiró hondamente tratando de recuperar el olor que tantas veces obtuvo al abrazarle. Hasta eso había perdido, era algo que no podía recordar y que sabía que nunca más obtendría. Cerró la puerta tras de sí, y fue al baño a ducharse. Allí, sentada en el suelo de la bañera, con las rodillas apoyadas en su barbilla, dejó sentir el agua correr por su cuerpo y perderse por aquel oscuro desagüe tratando que arrastrase con el todo su pesar. Luego, en su cuarto, abrió el armario y buscó aquella blusa con la que celebró, en una cena romántica, el saberse madre.



Sacó del bolsillo un pequeño frasco del que inhaló dos veces por cada orificio nasal. Inmediatamente su nuca se arqueó hacia atrás y un temblor de energía invadió su cuerpo hinchando sus venas, exaltando sus ojos y tensando cada uno de sus músculos. Agarró del pelo a Juana levantándole del suelo la cara creando un puente de sangre a medio coagular. Le arrancó un trozo de blusa y limpió su nariz poniéndole acto seguido el frasco para así despertarla de su inconsciencia. Juana volvió en sí.
“Juana, Juana... Quién lo iba a decir. Fuiste la única criada que desapareció sin ser yo la causa, y eso, mi querida Juana, no lo puedo permitir. Sé todo lo que te ha pasado, una verdadera pena, y como ves, también sabía cuando volverías. ¿Te gusta el recibimiento? Pues esto no ha hecho más que empezar.
Le arrancó el resto de la blusa, la falda y las bragas, se desabrochó el pantalón y la embistió. Los ojos de Juana se abrieron de golpe y desesperadamente. El acometía una y otra vez contra aquel cuerpo que apenas tenía fuerzas para resistirse. Con una mano en su boca elevaba su torso haciendo que cada acometida se convirtiese en un latigazo. Tras varias acometidas más, soltó a Juana buscando de nuevo aquel pequeño frasco que le ayudara a retomar el brío que desde hace tantos años le faltaba.
Juana, con la cara en el suelo, solo logró ver la puerta abierta de su casa con las llaves puesta y a aquella vaca, ya sin balanceo, que colgaba sin vida. Nunca llegó a cerrar la puerta. Juana, con aquella imagen, tomó una decisión. Viviría en el pasado, viviría de sus recuerdos, de las imágenes que nadie podría violar.
Retomados los bríos volteó a Juana, ahora la tenía de cara, llena de sangre, deformada, hinchada a cada centímetro, irreconocible. Pero a él eso no le importaba, le gustaba, símbolo de su poder, de su grandeza. Volvió a embestirla pero Juana no ofrecía la menor resistencia. Eso le exasperaba y la abofeteó primero con la mano y luego con los puños, ella solo recordaba, solo retomaba los momentos de felicidad  que una vida dura le había ofrecido. El notaba que perdía su brío, su dominio, que su miembro estaba lejos de ser lo que fue y ahora, en vez de ensalzarle, le postergaba a la mayor de las humillaciones.
  La pálida luz de la luna reflejada en el cristal de la lámpara del techo, le trasladó a esos ojos claros que Lucas había heredado de su padre. Ahora ella mostraba esa expresión alegre que fue su legado.
El, humillado y vencido la asfixió hasta matarla sin que con ello consiguiese borrar, de aquella cara deforme, la expresión alegre, la felicidad que el nunca llegó a encontrar ni comprar.

Juana, realmente, había muerto ya hacía mucho tiempo. Había muerto en una carretera como cualquier otra, en un kilómetro parecido a los demás.



9 comentarios:

  1. Me he quedado temblando.
    Un relato brutal de la parte oscura de un hombre inmensamente solo e infeliz. De una mujer muerta en vida y de un amargo gusto en la boca.

    Está brillantemente escrito. Enhorabuena por la fotografía con gran angular de implacable y deformadora visión.

    Un abrazo. Respiro.Uff..

    ResponderEliminar
  2. Caramba Albada, has descrito el relato a la perfección. Muchas gracias por lo que me toca. En cuanto a la foto, está hecha con macro, enfocando el agua que caía sobre el cristal del coche y quedando el fondo desenfocado dando los diferentes juegos de luces. La foto original es en blanco y negro, pero el relato pedía rojo :)
    Un besote.

    ResponderEliminar
  3. Cormo, impactante relato, muy bien escrito. Veo que te vas animando, cada vez más, con textos largos que te permiten definir mucho más a los personajes. Harás algo tipo novela a no fardar mucho. Y tus lectores nos alegraremos. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias Gabrielpalafox. Tus palabras me animan e ilusión, te aseguro, no me falta. Cuando llegue el momento, si es que llega algun día, ya me contarás los trámites para lograr publicarlo. Para entonces, los editores se pelearán por publicar tus novelas y podemos utilizar el tráfico de influencias. Que es algo que no pasa de moda :))
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  5. Brillante texto, que seamos sinceros, te deja con el aliento cortado, y ganas de romperle la cabeza con un candelabro. La atmósfera creada es hiperreal y los personajes sumamente creíbles. Enhorabuena, pero por favor, danos una alegría.

    ResponderEliminar
  6. Tenía intención de terminar con "el" pero he preferido dejarlo en manos de cada cual. En tu caso veo que con la cabeza bien abierta por un candelabro.
    Un abrazo Alfred

    ResponderEliminar
  7. Un relato de duro contenido, bien llevado, que te va dejando en la asfixia porque te olvidas de respirar. Enhorabuena. En esta tarde anterior, he leído también un poema que se titulaba "Teoría del caos", sobre el mismo tema, y su lectura también dejaba un desasosiego inevitable. Otro problema que no parece tener fin...
    Luis

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Mi querido Luis. Qué alegría verte por estas aguas oscuras y tenebrosas.Yo sigo tus pasos en tu blog que realmente si que quita el aliento y remueve conciencias. Cada vez me gusta más ¡Y parecía imposible!
      Estamos en contacto. Un fuerte abrazo.

      Eliminar
  8. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar