Hacía 5 meses que estaba postrado en aquella cama de hospital. Nosotros, su
esposa e hijos, hacíamos turnos durante el día para que nunca estuviese solo. Aquella
noche estaba yo de guardia. Tumbado en el suelo, junto a su cama, pensaba en lo
justo e injusto que tiene la vida, en quién debe y puede decidir sobre ella. Hasta
donde se debe consentir el sufrimiento de un cuerpo ya gastado y ahora
devorado.
Las horas pasan despacio, muy despacio, y solo cada cierto tiempo una luz se
enciende y aparece una enfermera que le toma tensión, temperatura y le
suministra alguna medicación, esta, ya por vía intravenosa. Apenas un minuto más
tarde todo regresa a la quietud que acompasa la respiración algo dificultosa de
mi padre.
Mi cara, apoyada en el suelo tiene como visión la luz que entra por la
rendija de la base de la puerta. Una luz blanca reflejada en las baldosas lisas
y limpias del suelo. Ya no hay pies que la atraviesen al otro lado, la quietud
lo inunda todo, un gran vacío nos rodea, y es solo esa respiración la que me
hace creer que lo que vivo es cierto, que no es un sueño.
El cansancio me va venciendo cuando escucho una voz más allá de nuestra
habitación, al otro lado de la puerta. Abro bien los ojos tratando de ver algo
por aquella rendija ínfima. No hay movimiento. Presto atención a la voz. Una
voz de vieja de cuento de brujas gastada por los siglos de una existencia maligna.
Una voz anciana con falta de aire que repite una y otra vez una sola palabra. Mátalo,
mátalo, mátalo.
Me asusto, me muero de miedo en aquella soledad de una habitación de
hospital oscura y fría. Trato de pensar que es fruto de mis pensamientos que
unidos al sueño me han jugado una mala pasada y que en aquel medio y
circunstancias me han hecho oír cosas que no eran ciertas.
Me levanto y observo a mi padre. Tumbado con sus goteros, su boca
entreabierta y con esa respiración dificultosa. Está tranquilo, ajeno. Hacía
tiempo que ya no era el. Solo un continente gastado de lo que un día fue mi
padre. Le sonrío y le acaricio, le cojo la mano y en nuestros silencios y con
una sonrisa le cuento mis miedos, lo absurdo por lo que había pasado. Pero en
ese mismo momento la voz vuelve a surgir. Mátalo, mátalo.
Le suelto la mano y con mucha cautela me acerco a la puerta de la habitación
tratando de oír mejor aquella voz. Apoyo la oreja en la puerta y me vienen imágenes
de esas películas de terror dónde haciendo ese gesto una mano atraviesa la
puerta y te succiona al otro lado.
Noto mi pulso acelerado en mi respiración, los latidos me salen por la
garganta,
la yugular parece reventar. Presto
máxima atención tratando de no respirar para poder oír mejor. Ese pulso maldito
en la respiración no me deja oír. Mátalo, mátalo.
No hay duda del mensaje. Desde la puerta miro a mi padre y la vista, como
ser independiente a mi voluntad, se dirige a su almohada. Acabaría con su
sufrimiento, un sufrimiento que sin duda le llevaría a su muerte. Estaba
sentenciado desde hacía tiempo y tenía la fórmula para acortar los plazos, los
tiempos, las agonías. Y también, por que no negarlo, las nuestras. Nuestro
cansancio, nuestra despedida prolongada, nuestro sufrir con el suyo.
Me acerqué a su lado, toqué su frente y luego acaricié la almohada. Era
suave por el desgaste, blanca con el símbolo de la Seguridad Social bordado. Muchas
personas habrían reposado en aquella misma almohada. Algunas habrían dejado allí
su último aliento, sus últimas lágrimas, sus últimos susurros y deseos, sus últimos
miedos.
Volví a mirar a mi padre y volví a oír aquella voz como dictado de una acción
a seguir. Regresé junto a la puerta dispuesto a descubrir la procedencia de
aquella voz. Cogí el pomo y lo apreté con fuerza, con mucha fuerza para girarlo
sin hacer el menor ruido. Nunca hasta ese momento me fijé si chirriaba o no. Si
me hubiese fijado antes… Ahora dudaba. Vi al trasluz como el pestillo avanzaba
hacia la derecha
apunto de ser liberado.
Abrí despacio, lentamente con la cara pegada al marco para poder ver de
inmediato que ocurría al otro lado.
La luz me cegó por un momento. Acostumbrado a la penumbra de la habitación
tardé unos segundos en hacerme con el nuevo entorno.
El pasillo se extendía a derecha e izquierda de forma casi infinita. De
frente la recepción de las enfermeras y otro pasillo perpendicular al nuestro e
igualmente vacío e infinito. El pulso se encabritaba y golpeaba en la garganta.
Ya estaba un paso fuera de la habitación cuando volvió a sonar esa voz vieja y
gastada. Mátalo, mátalo.
Localicé su dirección y muy despacio
caminé hacia ella, buscando su origen. Procedía de una habitación de aquel
pasillo perpendicular al nuestro. La puerta estaba sin encajar, cabía una mano
por ella. No veía nada, todo estaba oscuro, casi negro. Empujé con mi mano
aquella puerta para que pasara algo de luz y poder averiguar algo, encontrar
aquella voz.
La luz iluminó tenuemente la habitación. En la cama yacía un cuerpo pequeño
y delgado, el de una anciana sin carne. Los huesos marcados, punzantes sobre
una piel cuarteada. Los ojos muy abiertos casi saliendo de sus órbitas, con
miedo, como viendo algo en aquel techo oscuro ahora algo iluminado. La boca
abierta mostraba una lengua gruesa y seca, y un hilo de saliva unía sus labios.
Diría que no respiraba si no fuese por la vibración de aquel hilillo de saliva.
Me acerqué a ella sin hacer ruido, sin respirar, no quería que supiese de mi
presencia. Estaba a su lado. Ahora me daba pena, allí, tan sola. Sentí la
necesidad de acariciar su frente, como hacía con mi padre tratando de
compartir su soledad. Acerqué mi mano y de pronto su cara se giró hacia mi. Sus
ojos se clavaron en los míos y de aquella boca surgió aquella voz vieja y
gastada que decía Mariló, Mariló. En ese momento entró una enfermera.
-Pobrecilla, siempre está sola. Llama a su hija Mariló, que a saber donde
está.
Desde aquella noche y hasta que dejé el hospital no dejé de visitarla, de
coger su mano gastada. Ella me miraba y me decía, Mariló, Mariló. Yo le decía,
si mamá soy yo, no te preocupes. Luego cerraba los ojos y se dormía.