16 may 2012

Liebster Blog




Sara Lew, creadora de  Microrrelatos Ilustrados Ha seleccionado este blog como uno de sus cinco favoritos. ¡Increible!. No tengo palabras de agradecimiento.

“Liebster Blog Award” es un premio ideado para recompensar, estimular y promocionar aquellos sitios de internet, cuyo número de seguidores no excede de doscientos, pero que, por su esencia y contenido, merezcan ser dados a conocer a todos los rincones de la blogosfera. Tiene unas sencillas normas: 
1. Copiar el premio en el blog y enlazarlo al bloguer que te lo otorgó.
2. Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio.
3. Y, por último, esperar que continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos. (Entre ellos no debe estar el blog de la persona que te ha elegido)


Los cinco blogs que he escogido son:
Su autor, Luis Nieto, a través de sus poemas, nos abre los ojos y nos sensibiliza ante este mundo casi despiadado en el que vivimos.
Mi buen amigo Inopio golpea sin piedad con fotos y textos de cosecha propia ante las injusticias. Nunca deja indiferente. Tan directo como sensible removerá las tripas del que por su blog se pase. Amante y defensor de su tierra Soriana nos muestra todo lo cultural que por ella pasa. Un gran tipo al que hay que conocer.
 Cronopio
Para mi es indescriptible, casi mágico. Expresa a la perfección lo que no soy capaz de expresar. Mi torpeza me hace incluso no entenderle pero aun asi me remueve sentimientos increibles.

 Albada
 La sensibilidad, los sueños, la vida cotidiana. Todo aromatizado con sus letras. Una auténtica delicia.

Greta
Extraordinaria fotera siempre en la busqueda de la esencia. Recuerdos, deseos, pasado, futuro y presente se derraman en sus textos.

Dejo muchos de forma injusta, y me duele, pero.....
Gracias a todos, los mencionado y los no mencionados


 
 

5 may 2012

Un nuevo mundo, una nueva vida


El planeta azul era más azul que nunca. El cambio climático derritió los polos inundando la mayor parte de la tierra firme. La supervivencia existía en inmensas embarcaciones a modo de islas flotantes donde se cultivaba y criaba lo imprescindible para la supervivencia. El control del número de habitantes se hacía básico.
En el extremo de la proa de la vieja nave se situaban las elegidas. Esto sucedía de forma natural desde mucho tiempo atrás, tanto que ya nadie lo recordaba.
 La selección era determinada de forma desconocida, pero todos sabían que estaba vinculada a la edad.
Allí esperaban pacientes y calmas alguna señal, sin saber su destino pero con la intuición del mismo. Su extinción.
Durante el tiempo de espera recorrían hurgando en los recuerdos los momentos más felices, aquellos que hicieron que el vivir mereciese la pena. El exiguo tiempo que les restaba no permitía oscuros pasajes.
Algo surgió del mar firme y lentamente. El sonido al emerger hizo que giraran su vista hacia ello. Los recuerdos desaparecieron borrados de sus mentes y regresándolas a su presente, a su desconocido fin. Confiaban en un final acolchado, suave y olvidadizo. En un dejarse llevar, en un mareo tranquilo y sosegado.
El sol caía y con el la calidez de la brisa. El frío invadía sus cuerpos y sobre todo su ser. El miedo crecía y se apoderaba vertiginosamente de sus mentes y con el de sus cuerpos. Sus movimientos ahora agitados y convulsos hacían de la búsqueda de una salida una misión imposible. Acatar su destino no formaba parte de su naturaleza.
Frente a ellas se mostraba un inmenso faro crecido desde el abismo, ahora inmóvil y chorreante, empapado del agua salina de la profundidad más oscura. De piedra gastada y erosionada en infinidad de pequeñas formas que por la distancia no eran capaces de distinguir. Pero seguían avanzando con una carencia cansina, casi dejándose llevar hacia el.
Sus cuerpos dejaron de temblar colapsados por la enormidad que se mostraba frente a ellas. Algas, cabos y viejas redes decoraban su contorno. Restos de grandes vigas de madera parecían clavados como arpones. Un torrente de aire calido sacudió sus caras y las obligó, por un momento, a cerrar sus ojos. Era la respiración misma del faro, la señal que la hora había llegado.
Aquellas formas que antes no distinguían se mostraban claras y precisas. Rostros y cuerpos humanos esculpidos en roca. Rostros y cuerpos humanos de corta edad, de bebés, de recién nacidos.
Un estallido como el de un trueno recorrió la atmósfera. Tras el, surgió una grieta que recorría el faro verticalmente en toda su longitud. Una bruma negra y densa brotaba de aquella grieta dirigiéndose hacia ellas de forma casi imperceptible pero continua.
Tres de aquellas figuras de roca de bebé se desprendieron del faro perdiéndose en la negra bruma. Ya no se veían pero intuían de su proximidad, de su encuentro.
La bruma llegó hasta ellas. Allí se detuvo al mismo tiempo que su respiración. Trataban de ver algo, buscando a aquellos recién nacidos, pero el miedo les impedía tratar de tocar esa negrura. Expectantes y atemorizadas unieron sus manos a modo de despedida, se miraron unas a otras sabiendo que aquello llegaba a su fin. Se sonrieron con cariño, con la ternura de quienes lo habían compartido todo durante una vida.
Frente a ellas, casi al alcance de sus manos, se mostraron como flotando aquellos bebés, tres niñas preciosas en las que creyeron reconocerse. Con aquella visión desaparecieron los miedos, los temores, las dudas. Abandonaron la nave hundiéndose en la bruma pero sostenidas por la misma. Cada una de ellas tomo a uno de aquellos bebés. El instinto guió la elección con una precisión asombrosa. Con ellos en el regazo sintieron un amor hasta entonces desconocido y una paz y armonía que las liberaba de su ser.
Retrocedieron los escasos metros que las habían separado de la nave. Besaron con una fuerte inspiración a aquellas niñas impregnándose de su olor. Un olor lejano en el tiempo, en la memoria, pero nunca olvidado. Las dejaron sobre la cubierta de la nave y una vez más, cogidas de las manos, se hundieron en la bruma. Esta vez para desaparecer, para nunca volver.
La bruma retornó al interior del faro, la grieta, con otro estruendo, se cerró, y acto seguido, con la misma decisión y firmeza, volvió a sumergirse en aquel abismo.
Tras las ondas dejadas por la inmersión, surgió la calma, rota tras unos segundos por el llanto de unos bebés. Era la señal para los habitantes de la nave. Un grupo de mujeres salió a recibirlos. Los acogieron entre sus brazos y regresaron al interior de la nave. El ciclo se había cumplido.

1 may 2012

Mátalo, mátalo.


Hacía 5 meses que estaba postrado en aquella cama de hospital. Nosotros, su esposa e hijos, hacíamos turnos durante el día para que nunca estuviese solo. Aquella noche estaba yo de guardia. Tumbado en el suelo, junto a su cama, pensaba en lo justo e injusto que tiene la vida, en quién debe y puede decidir sobre ella. Hasta donde se debe consentir el sufrimiento de un cuerpo ya gastado y ahora devorado.
Las horas pasan despacio, muy despacio, y solo cada cierto tiempo una luz se enciende y aparece una enfermera que le toma tensión, temperatura y le suministra alguna medicación, esta, ya por vía intravenosa. Apenas un minuto más tarde todo regresa a la quietud que acompasa la respiración algo dificultosa de mi padre.
Mi cara, apoyada en el suelo tiene como visión la luz que entra por la rendija de la base de la puerta. Una luz blanca reflejada en las baldosas lisas y limpias del suelo. Ya no hay pies que la atraviesen al otro lado, la quietud lo inunda todo, un gran vacío nos rodea, y es solo esa respiración la que me hace creer que lo que vivo es cierto, que no es un sueño.
El cansancio me va venciendo cuando escucho una voz más allá de nuestra habitación, al otro lado de la puerta. Abro bien los ojos tratando de ver algo por aquella rendija ínfima. No hay movimiento. Presto atención a la voz. Una voz de vieja de cuento de brujas gastada por los siglos de una existencia maligna. Una voz anciana con falta de aire que repite una y otra vez una sola palabra. Mátalo, mátalo, mátalo.
Me asusto, me muero de miedo en aquella soledad de una habitación de hospital oscura y fría. Trato de pensar que es fruto de mis pensamientos que unidos al sueño me han jugado una mala pasada y que en aquel medio y circunstancias me han hecho oír cosas que no eran ciertas.
Me levanto y observo a mi padre. Tumbado con sus goteros, su boca entreabierta y con esa respiración dificultosa. Está tranquilo, ajeno. Hacía tiempo que ya no era el. Solo un continente gastado de lo que un día fue mi padre. Le sonrío y le acaricio, le cojo la mano y en nuestros silencios y con una sonrisa le cuento mis miedos, lo absurdo por lo que había pasado. Pero en ese mismo momento la voz vuelve a surgir. Mátalo, mátalo.
Le suelto la mano y con mucha cautela me acerco a la puerta de la habitación tratando de oír mejor aquella voz. Apoyo la oreja en la puerta y me vienen imágenes de esas películas de terror dónde haciendo ese gesto una mano atraviesa la puerta y te succiona al otro lado.
Noto mi pulso acelerado en mi respiración, los latidos me salen por la garganta,  la yugular parece reventar. Presto máxima atención tratando de no respirar para poder oír mejor. Ese pulso maldito en la respiración no me deja oír. Mátalo, mátalo.
No hay duda del mensaje. Desde la puerta miro a mi padre y la vista, como ser independiente a mi voluntad, se dirige a su almohada. Acabaría con su sufrimiento, un sufrimiento que sin duda le llevaría a su muerte. Estaba sentenciado desde hacía tiempo y tenía la fórmula para acortar los plazos, los tiempos, las agonías. Y también, por que no negarlo, las nuestras. Nuestro cansancio, nuestra despedida prolongada, nuestro sufrir con el suyo.
Me acerqué a su lado, toqué su frente y luego acaricié la almohada. Era suave por el desgaste, blanca con el símbolo de la Seguridad Social bordado. Muchas personas habrían reposado en aquella misma almohada. Algunas habrían dejado allí su último aliento, sus últimas lágrimas, sus últimos susurros y deseos, sus últimos miedos.
Volví a mirar a mi padre y volví a oír aquella voz como dictado de una acción a seguir. Regresé junto a la puerta dispuesto a descubrir la procedencia de aquella voz. Cogí el pomo y lo apreté con fuerza, con mucha fuerza para girarlo sin hacer el menor ruido. Nunca hasta ese momento me fijé si chirriaba o no. Si me hubiese fijado antes… Ahora dudaba. Vi al trasluz como el pestillo avanzaba hacia la derecha  apunto de ser liberado. Abrí despacio, lentamente con la cara pegada al marco para poder ver de inmediato que ocurría al otro lado.
La luz me cegó por un momento. Acostumbrado a la penumbra de la habitación tardé unos segundos en hacerme con el nuevo entorno.
El pasillo se extendía a derecha e izquierda de forma casi infinita. De frente la recepción de las enfermeras y otro pasillo perpendicular al nuestro e igualmente vacío e infinito. El pulso se encabritaba y golpeaba en la garganta. Ya estaba un paso fuera de la habitación cuando volvió a sonar esa voz vieja y gastada. Mátalo, mátalo.
 Localicé su dirección y muy despacio caminé hacia ella, buscando su origen. Procedía de una habitación de aquel pasillo perpendicular al nuestro. La puerta estaba sin encajar, cabía una mano por ella. No veía nada, todo estaba oscuro, casi negro. Empujé con mi mano aquella puerta para que pasara algo de luz y poder averiguar algo, encontrar aquella voz.
La luz iluminó tenuemente la habitación. En la cama yacía un cuerpo pequeño y delgado, el de una anciana sin carne. Los huesos marcados, punzantes sobre una piel cuarteada. Los ojos muy abiertos casi saliendo de sus órbitas, con miedo, como viendo algo en aquel techo oscuro ahora algo iluminado. La boca abierta mostraba una lengua gruesa y seca, y un hilo de saliva unía sus labios. Diría que no respiraba si no fuese por la vibración de aquel hilillo de saliva.
Me acerqué a ella sin hacer ruido, sin respirar, no quería que supiese de mi presencia. Estaba a su lado. Ahora me daba pena, allí, tan sola. Sentí la necesidad de acariciar su frente, como hacía con mi padre tratando de compartir su soledad. Acerqué mi mano y de pronto su cara se giró hacia mi. Sus ojos se clavaron en los míos y de aquella boca surgió aquella voz vieja y gastada que decía Mariló, Mariló. En ese momento entró una enfermera.
-Pobrecilla, siempre está sola. Llama a su hija Mariló, que a saber donde está.
Desde aquella noche y hasta que dejé el hospital no dejé de visitarla, de coger su mano gastada. Ella me miraba y me decía, Mariló, Mariló. Yo le decía, si mamá soy yo, no te preocupes. Luego cerraba los ojos y se dormía.    

23 abr 2012

Juego de niños


Creció en un entorno hostil y sombrío. La vida le obligó a  trabajar siendo aun un niño. La pobreza que le rodeaba le hacía buscar su alimento entre la tierra árida, sacando de ella lo justo para subsistir. No supo de juegos, de amigos, de amor y felicidad. Solo trabajo y dureza, obligaciones. Perdieron lo poco que poseían y se vieron abocados a trabajar las tierras de otros, que a cambio de su sangre les otorgaban la gracia de seguir vivos. Supo entonces que había otras vidas, que seres como el vivían de otra forma. Y quiso conseguirlo. Ayudado por ese otro niño, de aroma fresco y manos suaves, aprendió lo básico para cambiar su rumbo. Fueron años difíciles, sus obligaciones le dejaban poco tiempo para la esperanza, para el conocimiento. Aprendió un oficio y se hizo dueño de su vida. Atrás quedaba la miseria y con ella sus padres que ya formaban parte de la tierra. Hoy es padre de un niño que comparte con otros los juegos que el nunca tuvo. Hoy el es ese niño que nunca fue, en un acto de recuperar una infancia que nunca tuvo.

17 abr 2012

La puerta del mal


Avanzaba con paso firme y decidido. No sabía cuando empezó a hacerlo, simplemente se encontró caminando con una decisión que le resultaba desconocida, ajena. Trató de recordar el momento antes pero no existía, y seguía caminando no sabía hacia donde ni porqué. Se dejó llevar más asombrado que preocupado, con la curiosidad de averiguar cual sería su destino. Recordaba su ayer hasta quedarse dormido, pero era incapaz de unirlo a este presente confuso donde parecía que cuerpo y mente no se correspondían. Tampoco trató de contradecir esos impulsos ajenos a su pensar. Se dejaba llevar.
Caminaba por un paseo de madera por el conocido, junto a su casa. Eso le tranquilizaba. Pero cuando se volvió a fijar en su entorno, después de ver sus ajenos pasos, todo cuanto le rodeaba había desaparecido. Una blancura no luminosa lo cubría todo. Era como ser parte de una hoja en blanco.
 Se acercaba a algo que en la distancia no distinguía pero resaltaba entre la blancura. Era una puerta. Una puerta sin más, sin paredes, techo o suelo que la sostuviera. Una puerta de madera color castaño, de aspecto robusto y añejo, con vida. No tenía pomo, solo un pequeño agujero a modo de mirilla a una altura superior a la de sus ojos. Una vez frente a ella, se sintió de nuevo dueño de sus piernas, volvía a ser uno y de el dependía sus actos futuros.
 El como llegó hasta ahí y porque, ya no se lo planteaba. Ahora solo trataba de decidir que debía hacer. Por más que buscaba a su alrededor, nada veía, solo esa blancura extraña que todo inundaba y que le resultaba tremendamente molesta y le inflingía grandes temores.
Tocó la puerta con precaución pero solo sintió lo que tantas veces en lo que fue su vida. El tacto de una puerta de madera normal. Se puso de puntillas para alcanzar la mirilla apoyándose en la puerta para ayudarse. Todo era negro al otro lado. Un negro nuevo, como ese blanco en el que se encontraba. Un negro no oscuro, un negro plano.
Recuperó su posición dando un paso atrás de la puerta y se sentó en ese blanco extraño pero al que estaba ya habituado. Sus temores al blanco desaparecieron ante ese negro desconocido. Ahora debería decidir su próxima acción.
Permaneció inmóvil tratando de tomar una decisión. En el blanco estaba tranquilo, vivía en el, pero tampoco le aportaba nada, y mucho menos la esperanza de recuperar su vida normal. Tenía que buscar una salida y no veía otra alternativa que pasar al otro lado. Se incorporó y comprobó que podía rodear la puerta en todo su perímetro. Estaba, como el,  rodeada de blancura. Se alzó de nuevo de puntillas para volver a observar el otro lado. Todo negro. Bajó y con mucha precaución fue ejerciendo fuerza para tratar de abrir la puerta. Aquello no cedía y ahora empujaba violentamente. Nada, ni el más mínimo indicio de apertura. Una vez más se encaramó a la mirilla cuando notó que algo succionaba su ojo hacia esa negrura. Al tratar de retirarse el dolor de la succión se agudizaba. Tenía que relajarse y dejarse llevar, dejarse succionar lo que fuera necesario. Sintió la angustia que se siente al caer al vacío, ya sin dolor de ojo. Estaba al otro lado, pero caía. Una caída sin fondo visible, sin referencia alguna, todo negro, negro plano.
Ya debía haber tocado suelo y haber muerto en el impacto, pero seguía cayendo. Y en ese caer infinito pensó que en vez de caer podía estar subiendo. Ese negro plano sin orientación posible no hacía más que confundirle. Sentía en esa negrura el vagar del movimiento de la vida. Esa de la que intuía su final, esa que tan corta se le hacía. Esa tan malgastada, tan desperdiciada. No sabía cuanto le quedaba ni que debía hacer hasta entonces, si es que algo se podía hacer. Tal vez fuera el momento de desped

31 mar 2012

Encuentros en el camino


Se separaron hacía ya muchos años, cuando ella fue a la universidad.
Desde entonces, sus caminos se encontraban con una frecuencia cada vez más intermitente, aunque no por ello su sentir difería de su origen. La sangre es lo que tiene.
La vida le hizo madre a una y abuela a otra. Ahora compartían cosas antaño desconocidas por una y de estreno para la otra. Otro lazo de unión.
Son los lazos los que nos conducen a nuestros pasados más lejanos, viendo, desde fuera, como fuimos desde dentro sin tener ese recuerdo.
Ahora tenemos la necesidad de corresponder a quienes nos dieron lo mismo que nosotros damos, y entendemos que no nos correspondan como no lo hicimos nosotros antes.
Son ciclos que sentimos debemos cumplir. Una naturaleza interna nos indica el camino.
El tiempo pasa rápido y las oportunidades hay que aprovecharlas. La vida en su carrera no perdona.
Por eso realizaron ese viaje. Para volver a encontrarse allí, madre e hija frente a un mar infinito. Con poco que decirse pero mucho que sentir. Otra característica de la sangre, el entendimiento sin palabras.
Ya han vuelto a su rutina, al día a día de una madre y una abuela. Cada una por su camino con esos cruces, esta vez más frecuentes. Los nietos, es lo que tienen.

30 mar 2012

Ley de vida


Cuando nos despedimos, su petición fue volver a vernos sin que pasase tanto tiempo.
Hacia 3 años que no regresábamos, 12 que se vendió la casa, y más de 70 que mi padre, ya difunto, recorría sus calles siendo niño.
Por el camino (3 horas de coche) fui redescubriendo un poco más a mi madre. Hablamos de su pasado, como casi siempre que nos vemos, pero esta vez, y sobre todo, también de su presente, sus preocupaciones y su forma de ver la vida. No cabe duda que somos de generaciones diferentes, claro está, aunque no menos cierto es que nos encontramos en más puntos que en los que me podía imaginar.
Compartimos 3 horas mágicas e íntimas, diferentes a las normales. Me empapé de sensaciones que supongo en breve echaré de menos. Es ley de vida.
Llegamos. Nos acomodamos en la pensión que otras veces compartió con mi padre. Allí nos recibió María, la casera, y un brillo de los ojos brotó de una y de otra. Su ausencia estaba muy presente, como siempre. Yo le recordaba mucho e él.
Comimos en el bar-restaurante de siempre. Más brillos, más ausencias, más recuerdos.
Por la tarde, después de una siesta, fuimos a ver a los vecinos de antaño. Los amigos que no dejan de ser pese a las distancias y los tiempos. Están igual que siempre, cariñosos, sencillos, cercanos, entrañables.
En poco nos pusieron al día:
 El “gorrión” murió de repente. Ya era mayor claro, y tenía aquello que nunca le supieron tratar. Su mujer, a los 3 meses, también murió. A nadie le sorprendió. Ella, tan sola. Claro, sus hijos se fueron hace años a la ciudad y venían de cuando en cuando a visitarles. Ahora la casa la tienen a la venta, ya veremos. Pilar, la mujer del panadero, también murió. Ya llevaba mucho tiempo malita. Hacia 2 años le detectaron un tumor, ya muy tarde, como siempre. Pero murió tranquila, más o menos, hazte a la idea, claro. El está bien, trabajando mucho, de sol a sol, con sus 2 hijos y la pequeña que le lleva las cuentas y todo eso. Se le ve triste, normal. Manuel, ¿te acuerdas, el del estanco? Ese está en capilla, algo malo de la sangre. Una cosa rara, vete tu a saber, toda la vida en aquella fábrica, respirando esa porquería. Por algo le concedieron el estanco, para callar bocas y apaciguar conciencias. Carmen, su mujer, es la que lleva ahora el negocio. Pero tampoco anda muy allá, va teniendo sus años, como todos.
Así pasó un buen rato, enterrando a unos y encamando a otros mientras sus miradas se encontraban con cariño y sus manos se tocaban y acariciaban para cerciorarse de su presencia, de que aquello no fuera otro sueño de reencuentros, que seguían todos vivos, que aún se tenían.
Con el paso de las horas, las emociones se afincaron serenas, y el disfrute se hizo pleno y sin miedo al espejismo. Compartimos lo que tenían y lo que llevamos, y sobre todo, nos compartimos. Yo como algo más ajeno por el tiempo pero más cercano por la herencia. No podían evitar ver en mi,  la ausencia de mi padre.
2 noches y 3 días recorriendo calles y recuerdos, dando abrazos, besos y achuchones. Llenando por instantes vidas ya casi consumidas.
El camino de regreso (otras 3 horas de coche), fue más silencioso, más recogido. Tratábamos de almacenar en la memoria cada instante de esos 3 días. Como si no se fuesen a vivir de nuevo. El sol calentaba la estancia del coche y solo los peajes rompían el estruendo de nuestros silencios. Yo la observaba de soslayo y veía en ella una sutil sonrisa de felicidad, de satisfacción, de añoranza. La línea discontinua de la autopista avanzaba perezosa y constante camino a casa. Ella a la suya, y yo la mía. Es ley de vida.

13 mar 2012

Tesoro oculto

Entre las sombras de los recuerdos retomo gozos y sensaciones nunca olvidadas
Momentos del sutil roce de la plena felicidad que la vida nos otorga muy de cuando en cuando
Pasados que viven en un presente a pesar de las ausencias
El querer, permanece en la memoria
Un tesoro oculto disfrutado en la penumbra solitaria e interior
Tactos propios llevados a lo ajeno y compartido
Voces, ausentes de sonidos, murmullan alabanzas entre íntimos olores
Murmullan alabanzas entre tactos de seda húmeda
Entre armazones de acomodo
Luces ténues desdibujan un rostro y un cuerpo conocidos de memoria
Recorrido plenamente
Cierro el baúl con la certeza de volver a abrirlo
Solo yo tengo la llave

11 mar 2012

Un amargo veneno

Con ojos cerrados contesto en silencio cuestiones dispares
Clausuro pasillos oscuros donde los gritos de disputas resuenan y rezuman sangre transparente
Donde cálidas ilusiones y expectativas de futuro se diluyen en presentes vacíos obligados a su existencia
Obligados a su avance, a su irremediable destrucción
Dicen que existe un amargo veneno
Como penas profundas
Como olas perdidas en la inmensidad de un océano
Dicen que existe un amargo veneno llamado esperanza

10 mar 2012

Palabras flotantes

Palabras flotantes en un océano infinito se mecen en corrientes diseñadas
Palabras que recalan en islotes esparcidos, casi ajenos
Trozos de tierra sumergida con ansias de aire y sol
Desde los abismos luchan impulsadas por su afán de conocer
Recalan significados a tierra firme donde crecerán y se extinguirán
Otras, perdidas y baldías, yacerán en un fondo oscuro no carente de vida
Palabras flotantes, trozos de tierra, inmensidad profunda y oscura
Todo vida, todo pérdida, todo lucha, todo ansia, todo carencia
Todo vida, todo vida, todo vida